Milei, el sucio
Javier Milei prometió dinamitar la corrupción, pero su gobierno y su entorno muestran un rostro contradictorio: escándalos, dádivas y manipulación política que afectan a los más vulnerables.
Javier Milei suele hacer de la ironía una herramienta de demolición. Hace mas de un año, en su cuenta de X, lanzó una frase provocadora: "Decime cómo se dice estar muy sucio sin decir que estás muy sucio". El guiño, en apariencia, buscaba ensuciar a otros, pero lo que quedó flotando es una paradoja inquietante: ¿qué pasa cuando esa frase, en vez de proyectarse hacia afuera, rebota como un espejo?
El libertario, que se erige como paladín de la pureza anticasta, lleva ya meses envuelto en una maraña de oscuridades que contradicen todo aquello que juró combatir. Y no está solo: lo acompaña su hermana Karina, "El Jefe", la guardiana del proyecto que en su nombre administra silencios, favores y complicidades. Ambos, Milei y Milei, son la muestra palpable de que la corrupción no siempre necesita de maletines: basta con la hipocresía, con la manipulación de la voluntad popular y con la capacidad de vender espejismos a un electorado desesperado.
El espejo invertido
Si el presidente se burla de la "suciedad" de otros, conviene recordar que su propio gobierno está salpicado por el escándalo del caso ANDIS: un entramado de coimas y manejos turbios en la Agencia Nacional de Discapacidad. Que semejante organismo -destinado a proteger a los más vulnerables- se vea convertido en un mercado de favores es la radiografía perfecta del cinismo libertario. El "sucio" no es otro, es él: un líder que prometió dinamitar la corrupción, pero que la tolera, la justifica o la disimula cuando sucede en su propio patio.
La "casta", entonces, no era una entelequia lejana. La casta estaba adentro, en su mesa chica, entre los que lo rodean y entre los que él mismo bendijo con cargos y privilegios. Milei y su hermana emergen como estafadores de la fe pública, no porque administren mal -eso podría ser torpeza-, sino porque engañaron de manera deliberada a quienes creyeron que votar un león era votar transparencia.
Los golpes a los vulnerables
El discurso de Milei siempre tuvo como blanco predilecto a los sectores que menos podían defenderse. Jubilados, beneficiarios de programas sociales, personas con discapacidad: todos ellos se convirtieron en variable de ajuste de un modelo económico que se autodefine como "libertario" pero que, en la práctica, es lisa y llanamente darwinismo social.
En la retórica oficial, quienes reciben asistencia del Estado son vistos como parásitos. En la realidad cotidiana, los recortes se traducen en remedios que faltan, en sillas de ruedas que no llegan, en pensiones recortadas, en viejos que hacen colas eternas para cobrar una miseria que no alcanza ni para el pan, ni para los medicamentos. La suciedad de Milei no es sólo moral; es práctica, concreta, tangible en la vida de miles de argentinos que hoy sienten el peso brutal de un gobierno que prometió libertad y trajo humillación.
Borges y la metáfora del desastre
Jorge Luis Borges esgrimió una frase lapidaria: "Uno por uno, somos magníficos; todos juntos, somos un desastre". Milei, en soledad, podía ser leído como un personaje singular: el economista excéntrico, el outsider irreverente, el hombre que gritaba contra la casta y se plantaba con su melena como bandera antisistema.
Pero Milei no gobierna solo. Alrededor suyo orbitan Karina, los Menem reciclados, Patricia Bullrich, los Caputo, Sturzenegger y otros viejos conocidos de la política argentina. La supuesta novedad se convierte así en un museo de figuras desgastadas que ya demostraron sus límites y fracasos. Esa unión, lejos de potenciar lo "magnífico", compone un desastre en cámara lenta: un gobierno que se desliza entre improvisaciones, represiones y negocios encubiertos.
La reinterpretación de Borges es inevitable: Milei parecía ser magnífico como espectáculo aislado, pero al mezclarse con lo peor del pasado reciente se volvió exactamente aquello que prometió dinamitar. La pureza libertaria se contaminó apenas tocó la realidad.
El poder como estafa
La suciedad de Milei no se mide solo en escándalos puntuales, sino en la estructura de valores que construye: el poder como herramienta de negocio, la política como show de demolición, la verdad como artificio narrativo. Es el sucio que acusa a otros de serlo mientras se revuelca en la misma ciénaga.
Lo inmoral no es únicamente las coimas de ANDIS, sino la sistemática burla a quienes lo votaron creyendo que traía un proyecto distinto. Lo inmoral es recortar remedios a los jubilados mientras se negocian privilegios para empresarios amigos. Lo inmoral es el doble discurso: presentarse como libertario mientras se erige un régimen de concentración del poder en torno a su hermana y a una pequeña camarilla de socios políticos.
Existir en la mentira
El argentino que votó por la furia antisistema creyó que apostaba por una salida. Lo que obtuvo fue otra estafa. La ironía final es que, en su intento por señalar a otros como "sucios", Milei terminó escribiendo la definición de sí mismo.
La existencia no tiene sentido más que el que cada uno construye. Milei y su hermana eligieron el sentido de la estafa, de la hipocresía y de la corrupción. Y ese sentido, en la historia argentina, quedará escrito con la palabra que mejor los define: sucios.