La provincia del día después: el Estado llega cuando ya se perdió todo
Tucumán se inunda y el Estado aparece cuando ya no queda nada que salvar. Una radiografía implacable sobre la desidia política, las fotos de campaña en el barro, el ajuste en la obra pública y el dolor de las familias que siempre tienen que empezar de cero.
Hay una tradición peligrosa en esta provincia. No es nueva. Tiene nombre propio aunque nadie se lo diga en la cara: reaccionar cuando ya es demasiado tarde. No tarde como quien llega tarde a la parada del omnibus o a su oficina. Tarde cuando el agua ya se metió por debajo de la puerta, cuando subió por las paredes, cuando se fue llevando cosas que una familia tardó años, generaciones en juntar.
Justo ahí, en ese momento exacto en que ya no hay demasiado que hacer, aparece el Estado. El provincial y el nacional, juntos en su inoperancia. Llegan a mirar el desastre, a sacar las fotos de rigor para las redes sociales y a soltar la promesa de siempre: esto no va a volver a pasar.
Pero vuelve. Siempre vuelve.
El agua no viene únicamente del cielo
Las lluvias que descargaron sobre Tucumán en las últimas horas, días, semanas, son un dato real. Nadie lo discute. Fue mucha agua en muy poco tiempo, se rompieron registros históricos, un fenómeno climático que encendió todas las alarmas posibles.
Pero ese dato solo no alcanza para explicar lo que pasó. El agua que desbordó calles, canales y barrios enteros no viene únicamente del cielo. Viene también de años de desidia acumulada, de obras que se anunciaron y nunca arrancaron, de presupuestos que encontraron otro destino, de funcionarios que cortaron cintas y se sacaron fotos mientras los arroyos quedaban exactamente igual que treinta años atrás.
El gobierno provincial tiene responsables concretos. Con nombre y apellido. Primero, Osvaldo Jaldo. Antes, Juan Manzur. Y más atrás todavía, José Alperovich. Distintas administraciones, distintos discursos, caras que a veces cambian y muchas otras son las mismas de siempre. Pero una constante que no falla: cada vez que el agua golpea, la escena se repite sin variaciones.
El guión de la catástrofe: llegar siempre tarde
Los funcionarios recorren las zonas afectadas. Botas de goma, cara compungida, micrófono cerca. Promesas de obras. Anuncios de asistencia. Decretos de emergencia. Y sin embargo, el problema de fondo sigue ahí, intacto, esperando la próxima lluvia. Una deuda que no se salda con cifras ni con comunicados. Se salda con casas destruidas. Con familias que pierden todo y tienen que empezar de cero.
Hay algo que irrita especialmente en la lógica de estas catástrofes. Un guión que se ejecuta con precisión casi mecánica. Primero llueve. Después se inunda. Después llegan los funcionarios. Siempre después. Siempre tarde. Siempre con los barrios ya bajo el agua.
Las camionetas oficiales aparecen cuando el agua ya hizo su trabajo. Se reparten colchones, bidones, módulos de asistencia. Se toman las fotos. Se anuncian partidas de dinero que muchas veces tardan meses en materializarse, si es que alguna vez llegan.
Después el agua baja. Las cámaras se van. El barrio queda exactamente igual que antes, esperando la próxima lluvia, la próxima inundación, especulando en silencio cuándo va a aparecer el político de turno a capitalizar la desesperación cuando el calendario electoral lo pida.
Esperando que alguien, alguna vez, decida hacer lo que tendría que haberse hecho hace décadas.
Tucumán no es víctima solo de la naturaleza. También es víctima de su dirigencia.
El ajuste nacional y la crueldad presupuestaria
Y en esa responsabilidad tampoco puede hacerse el distraído el gobierno nacional. La administración de Javier Milei, que llegó al poder prometiendo reducir el Estado al mínimo posible, tiene su parte en esta historia.
La obra pública fue uno de los primeros blancos del ajuste.
Buscar superávit fiscal mientras los arroyos tucumanos se convierten en ríos y pueblos enteros quedan bajo el agua no es solo austeridad. En determinados contextos empieza a parecerse a otra cosa. Una forma de crueldad presupuestaria. La decisión de que hay urgencias que pueden esperar. Que hay provincias que deberán arreglárselas solas.
¿Con qué herramientas?
¿Con la solidaridad de los vecinos? ¿Con bomberos voluntarios que trabajan sin parar mientras el Estado tarda en llegar? ¿Con pibes que salen en kayak a rescatar a los viejos porque las lanchas oficiales no alcanzan?
La gente que vive en los barrios inundados de Tucumán no necesita héroes improvisados. Necesita algo mucho más simple y mucho más básico: un Estado que funcione. Canales limpios. Desagües que aguanten. Planificación. Alguien que se haya sentado antes de la tormenta a pensar qué pasa cuando llueve demasiado.
La rentabilidad política de la emergencia
Pero en Tucumán hay una lógica política que lleva años consolidándose. La emergencia, curiosamente, rinde más que la prevención. La foto del funcionario con el agua hasta las rodillas genera más impacto que la inauguración silenciosa de un canal. El drama tiene visibilidad inmediata. La planificación no corta cintas ni llena titulares.
Y en una provincia donde la política se alimenta hace décadas de la lógica del asistencialismo, el esquema cierra solo: primero el desastre, después la ayuda.
Mientras tanto, en algún barrio de la capital o del interior, hay una familia parada sobre el barro mirando lo que quedó de su casa. Una mujer que alcanzó a rescatar las fotos de sus hijos pero perdió todo lo demás. Un hombre que levantó su vivienda ladrillo por ladrillo durante veinte años y hoy tiene que empezar de nuevo. Chicos que esta noche no van a poder dormir tranquilos, porque el miedo que deja una inundación no desaparece cuando el agua se retira.
Dejar de ser la provincia del día después
Esos son los costos reales de la inacción. No los titulares. No las conferencias de prensa. No los decretos firmados a las apuradas.
Tucumán necesita dejar de ser la provincia del día después.
Necesita gobernantes que piensen en el día antes.
Para que eso ocurra haría falta algo que, por ahora, escasea en esta geografía política: decisión real de cambiar las cosas y la honestidad de reconocer una verdad incómoda.
El agua que destruyó esas casas no cayó solamente del cielo.
Durante años, alguien dejó abierta la puerta.
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