Don Pinocho de los numeritos truchos

La renuncia de Marco Lavagna a la conducción del Indec detonó el escándalo en torno de un escarnio largamente conocido y padecido por los argentinos: la manipulación de las estadísticas oficiales. Es una tormenta autogenerada que prueba, en definitiva, que pocos peligros acechan al gobierno de Javier Milei con tanto ahínco como el mesianismo de Javier Milei.

Una primera distinción, sutil aunque trascendental, resulta indispensable. Concretamente, la inflación y el Índice de Precios al Consumidor (IPC) no son, exactamente, la misma cosa. Claro está, a menudo no se los distingue y hasta se los emplea como sinónimos.
 
En definitiva, la inflación es la que mueve los precios y el IPC, que registra ese movimiento, es lo que permite cuantificar la inflación. Sin embargo, la inflación es un proceso sostenido y de largo plazo. Mientras que el IPC es la variación en los precios de un mes a otro. Y presenta "estacionalidades". Enero (mala noticia) es típicamente inflacionario. Febrero, en cambio, suele dar respiros (con excepciones, como la de 2023). Marzo, con la vuelta a clases, es otro mes de repunte de precios. Y un largo etcétera.

La diferenciación sirve para puntualizar que el proceso de reducción de la inflación de la Argentina, durante estos dos primeros años de gestión libertaria, es un fenómeno tan innegable como bienvenido. Ello explica en buena medida el resultado electoral favorable obtenido por La Libertad Avanza en los comicios de medio término de octubre pasado, pese al rosario de denuncias que el funcionariado fue acumulando (y que, como en el caso de la "criptoestafa" de "$Libra", no están superadas). Sin embargo, la inflación no está terminada. El país experimenta un proceso de "desinflación", pero sigue inflacionando. Y a niveles que, si bien se encuentran en las antípodas del 25,2% del último mes de gobierno de Alberto Fernández, siguen siendo altos. Una inflación del 2% mensual sigue siendo elevada. Una de las más elevadas, todavía, no sólo de la región sino del mundo. Los argentinos lo saben y lo manifiestan cotidianamente, en la caja del supermercado, frente a la factura de la luz o cuando cargan combustible. Los precios siguen subiendo y no puede ser de otra manera. Para que bajasen se debería experimentar una "deflación".

Realidad y deseo

El detonante de la nueva crisis que estalló en torno de la medición de la inflación. Específicamente, de la composición del IPC. Al respecto cabe puntualizar que este Gobierno sigue midiendo la variación de los precios con el mismo mecanismo que la gestión de Alberto Fernández y que la de Mauricio Macri. Y también con mucha más transparencia que durante los gobiernos de Cristina Fernández, teniendo en cuenta que el Indec fue intervenido en 2007, hacia el final del gobierno de Néstor Kirchner. Justamente, ahí radica un inconveniente: el indicador ya lleva dos décadas sin actualizarse, a pesar de los cambios en los modos de vida de los argentinos durante ese tiempo.

Por ejemplo, el indicador vigente sigue dándole preponderancia a los bienes por sobre los servicios, a pesar de que ya hay indicadores, como el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en los que esa relación está invertida: pesan más los servicios que los bienes. No es una cuestión menor teniendo en cuenta, por caso, que después de la descomunal crisis de 2001, las tarifas no se dolarizaron. La actualización, además, amplía la muestra. El índice actual tiene en cuenta poco más de 300.000 precios, mientras que la nueva metodología que impulsaba Lavagna tiene en cuenta poco más de 500.000. El resultado no le gustó a Milei ni al ministro de Economía, Luis Caputo. Porque representa una variación de entre 0,7% y el 1,5%. El IPC renovado, por caso, arroja un 3,4% de inflación para enero. El guarismo no le "gustó" a la Casa Rosada, que anunció la suspensión sin fecha para la aplicación del nuevo mecanismo de medición y detonó la renuncia del titular del Indec.

Una inflación de esos niveles sigue siendo severamente menor que la experimente hace apenas un bienio. Y, salvo para excitistas o negacionistas, sería obtuso pretender pasar de un 211% de inflación anual acumulada en 2023 al 0% en 2026. Haber logrado la reducción actual es un gran logro, que le ha devuelto cierta previsibilidad al país. Eso sí: no alcanza para colocarse la cucarda de "mejor gobierno de la historia", como reza el autoelogio libertario por antonomasia. Mucho menos para recibir el próximo premio Nobel de Economía, como llegó a pretender Milei.

Un primer principio de estabilidad emocional y psíquica consiste en comprender que la realidad existe más allá del deseo. Que el Gobierno decidiera cancelar la actualización de un índice de medición de la inflación sólo porque no le "gusta" el resultado que arroja es una necedad patológica. Y, a la vez, suicida la credibilidad de la palabra oficial. ¿Quién va creeren los indicadores oficiales de inflación de ahora en adelante?

Debut para la despedida

Hubiera sido una gran primera semana de febrero para la gestión libertaria, sólo con el anuncio de la firma del acuerdo comercial con los Estados Unidos. Sin embargo, el escándalo del Indec forzó las típicas maniobras distractivas del oficialismo, entrenado para motivar olas de indignación que generen "espuma" en la opinión pública que solape, con enojos urgentes, los asuntos importantes. A eso se parece el lanzamiento del último papelón gubernamental: la "Oficina de Respuesta Oficial", última creación maniquea para contestar publicaciones periodísticas que no reproduzcan la versión oficial. Que no elogien la dudosa grandeza de lo grandote. Una estructura, a la vez, destinada a proveer verdades reveladas para fanatizados.

El debut de la "Oficina" fue para el olvido. A las 24 horas, salieron a defender el proyecto de baja de la edad de imputabilidad equivocando la información referida a la situación en Uruguay. Y no dijeron aún ni una palabra sobre el escándalo que representa la publicación del acuerdo confidencial entre Miley y Hayden Davis, el empresario cripto implicado en el escándalo "$Libra", para convertir a Davis nada menos que en asesor en tecnologías descentralizadas y blockchain en Argentina. ¿Ahí no hay ninguna "fakenews" por exorcizar?

Precisamente, el problema de crear un despacho con reminiscencias al Ministerio de la Verdad que George Orwell retrató en "1984" es que, en tanto cantera de "realidad oficial", debe aspirar a responderlo todo. De lo contrario, todo aquello que se publique y que no sea "contestado" por la "Oficina" será considerado verdadero. Más temprano que tarde surgirá, a modo de parámetro periodístico, la aclaración de que tal o cual versión "no ha sido desmentida oficialmente".

Una vez, el mesianismo de Milei termina conspirando, como ninguna fuerza opositora, contra el gobierno de MIlei.

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