Cuando la cultura de la violación se disfraza de "folklore"
Las mujeres y las infancias son víctimas; los feminismos denuncian; la Justicia institucionaliza el silencio; y muchos varones se victimizan como escudo para evitar la interpelación. Las reformas legislativas resultan insuficientes cuando quienes deben ejecutarlas se resisten a abandonar viejos paradigmas.
Luego del violento episodio ocurrido en el Gigante de Arroyito, durante el partido entre Rosario Central y Banfield -donde muñecas inflables y bebés de juguete vestidos con la camiseta de Newell's fueron arrojados al campo de juego-, el Ministerio de Seguridad de Santa Fe resolvió sancionar a Rosario Central. La medida implica que deberá disputar sus próximos dos partidos como local sin banderas, sin instrumentos y sin elementos de animación. Desde el organismo remarcaron que la decisión busca enviar un mensaje claro: los excesos ya no serán tolerados y este tipo de manifestaciones no pueden ser naturalizadas como parte del espectáculo.
En estas declaraciones puede observarse cómo, desde el Estado, se realiza un abordaje superficial que pone el foco en el cotillón y en "los excesos del espectáculo", dejando en un segundo plano la dimensión central: la violencia simbólica y sexual desplegada en las tribunas. Se prohíben los trapos, pero no se problematiza la violencia contra mujeres e infancias.
Más allá de las hinchadas
Para Magdalena Díaz Araujo, doctora en Historia y docente en la UNCUYO, "la cultura de la violación es un entramado de prácticas, creencias y mitos que naturalizan y habilitan la violencia sexual". Sostiene, además, que su mecanismo más eficaz consiste en desplazar la responsabilidad desde quien ejerce la violencia hacia quien la padece.
La cultura del abuso no se limita a las tribunas ni a los hinchas: estas expresiones son apenas manifestaciones de una lógica más amplia y omnipresente. Se trata de un concepto arraigado en nuestras formas de vincularnos, sostenido por un entramado de creencias basadas en el poder y el control patriarcal. Esto se vuelve evidente cuando observamos que, simbólicamente, los cuerpos elegidos para representar la humillación y el sometimiento son los de mujeres e infancias. No son cuerpos masculinos los que aparecen como objeto de estas agresiones: en esta matriz, el varón encarna el poder, y el poder es quien somete.
La impunidad sostiene la cultura de la violación
Con la Ley 25.087, recién en el año 1999, la violencia sexual dejó de ser considerada un "delito contra la honestidad" de una mujer para ser entendida como un delito contra su integridad sexual. Hasta ese momento, la reparación del daño podía consistir en el matrimonio entre el agresor y la víctima, bajo la lógica de que ese acto "limpiaba" la ofensa a la moral de la mujer y su familia.
A pesar de los avances legislativos y los cambios de paradigma, existen poderes del Estado que se resisten a transformarse, particularmente aquel que tiene la capacidad de decidir sobre la vida de las personas a través de sus sentencias: la Justicia. Este poder continúa blindando la impunidad mediante sobreseimientos, dilaciones sistemáticas, investigaciones inconclusas, revictimización constante, uso de estereotipos y falta de perspectiva de género y de acompañamiento institucional.
Numerosos ejemplos en esta provincia dan cuenta de ello: casos como Gray, Trapani, Alperovich, Lucci o García Fernández, entre otros.
Leer también: El fin de la feria judicial y el jardín de la impunidad florece en Tucumán
La pregunta es inevitable: si funcionarios judiciales de alto rango, que se presume están en permanente formación y actualización, son capaces de producir sentencias y dictámenes atravesados por prejuicios y estereotipos, ¿qué puede esperarse de hordas fanáticas que, en la Argentina actual, buscan en 90 minutos descargar frustraciones y ejercer poder? ¿Qué puede esperarse de la lógica grupal de las hinchadas si, en paralelo, figuras públicas y referentes simbólicos resultan sobreseídos una y otra vez en causas por violencia sexual?
La Justicia debe asumir la responsabilidad política y comunicativa de sus fallos: cada sentencia no solo resuelve un expediente, también legitima prácticas, delimita lo tolerable y construye sentido social.
Hoy, lejos de constituirse como un límite, funciona demasiadas veces como garantía de impunidad. Y esa impunidad no es neutra: habilita, reproduce y consolida la cultura de la violación en todos los ámbitos, desde las instituciones hasta las tribunas.
Mientras la Justicia no desarme esos mecanismos, seguirá siendo no solo parte del problema, sino uno de sus principales sostenes.