LA VERDAD INCÓMODA
Por Salustiano.
Hay fechas en las que uno no sabe bien si conmemorar y aprovechar para generar conciencia o prender fuego algo como para hacer catarsis.
El 17 de mayo, Día Internacional contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género, tiene algo de eso. No puede ser una celebración pues continua siendo una herida.
Un día que aparece en el calendario con tipografía institucional, logos de arcoíris y comunicados amables; pero abajo de ese maquillaje administrativo sigue latiendo otra cosa: la historia brutal de los cuerpos castigados por desear distinto.
Porque la discriminación no es una abstraccion. Nunca ocurrió solamente en universidades, en Twitter o en paneles de televisión. La discriminación ocurrió en comisarías húmedas. En aulas. En hospitales psiquiátricos. En familias. En mesas de domingo donde el amor tenía condiciones.
Hasta 1990 la homosexualidad figuraba oficialmente como enfermedad para la Organización Mundial de la Salud.
1990...y todavía había médicos convencidos de que un puto enamorado era una patología clínica. La ciencia, que inventó antibióticos y telescopios, también produjo métodos espantosos para corregir el deseo: electroshock, internaciones, terapias de conversión.
Y el asunto nunca fue solamente médico.
Fue profundamente económico, político y estético. Porque toda norma sexual es también un sistema de organización social. El capitalismo ama la diferencia mientras pueda venderla en cuotas. El problema empieza cuando la diferencia exige derechos, presupuesto o dignidad concreta. Ahí se termina la publicidad inclusiva y aparecen los editorialistas nerviosos hablando de "ideología de genero'.
Argentina, como siempre, ofrece una versión plagada de contradicciones. Este país fue capaz de sancionar algunas de las leyes más avanzadas del mundo -Matrimonio Igualitario en 2010, Ley de Identidad de Género en 2012- y al mismo tiempo conserva intacto un subsuelo de crueldad social digno de una novela de terror.
Acá una travesti puede cambiar su DNI pero no conseguir trabajo. Puede existir jurídicamente y seguir siendo expulsada materialmente. Puede tener documento, pero no derecho a no ser cuestionada por su diferencia.
La discriminación no es un señor gritando maricón desde un auto. La discriminación es una maquinaria mucho más sofisticada: decide quién merece futuro.
La expectativa de vida promedio de las mujeres trans en América Latina ronda los 35 o 40 años según organismos regionales. Treinta y cinco. La edad en la que muchas personas heterosexuales recién empiezan pilates, descubren el vermú caro o se separan por primera vez diciendo "necesito encontrarme".
Las travestis, en cambio, muchas veces llegan exhaustas, perseguidas o directamente no llegan.Y lo más obsceno es la naturalidad con que la sociedad administra esa tragedia.
Hay muertos que producen duelo nacional y hay muertos que apenas producen silencio.
Pero sería un error narrar esta historia solamente desde el padecimiento. Porque si algo hizo la comunidad queer fue transformar el descarte en lenguaje. Las maricas, las travestis, las lesbianas, los cuerpos desplazados por la moral dominante inventaron modos nuevos de belleza en medio del espanto. Hay una genealogía entera de peluquerías convertidas en refugios políticos. De boliches convertidos en catedrales paganas. De transformistas que hacían filosofía con una pestaña postiza y dos tangos de Tita Merello.
Las minorías sexuales entendieron antes que nadie algo fundamental: que la identidad también puede ser una obra de arte. Una construcción delirante, imperfecta, teatral, valiente. Y eso irrita profundamente a los poderes conservadores, porque todo orden autoritario necesita cuerpos previsibles. La heterosexualidad obligatoria nunca fue solamente un mandato moral: fue una estrategia de control.
Por eso cada tanto aparece algún diputado hablando de "defender la familia" con una solemnidad que haría reír a cualquiera de sus propios parientes.
Lo verdaderamente peligroso para ciertos sectores no es la sino la idea de libertad que esos cuerpos encarnan.
Un cuerpo que se atreve a nombrarse a sí mismo deja de obedecer completamente.
Aunque tiemble. Aunque lo echen. Aunque le peguen. Aunque el barrio murmure. Toda emancipación empieza ahí: en el instante exacto en que una persona decide que vivir escondida le resulta más insoportable que cualquier castigo.
El 17 de mayo es una fecha incómoda. Un espejo. Una pregunta brutal sobre el tipo de sociedad que somos capaces de tolerar.
Porque mientras exista alguien obligado a justificar su derecho a existir, la democracia seguirá siendo apenas una promesa elegante escrita sobre una fosa común llena de deseos reprimidos.
Mi abrazo cariñoso a tod@s los que ya entendimos que no se trata de tolerar, ni de aceptar. La clave es entender y abrazar.