Violencia sexual en manada: cómo se construyen esos consensos

Cuando la responsabilidad se diluye en el grupo, lo impensable puede volverse posible. El experimento de Milgram, la presión de la manada y una pregunta incómoda: cómo se construyen las violencias sexuales colectivas

Ale Casas Cau para el diario La Gaceta 

¿Le harías daño a otra persona si alguien te lo ordenara? En 1961, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram se propuso responder una pregunta inquietante: ¿hasta dónde puede llegar una persona común cuando una figura de autoridad le ordena hacer daño?

El experimento fue tan simple como perturbador. A un grupo de voluntarios se les dijo que participarían en una investigación sobre memoria y aprendizaje. Debían leer pares de palabras a otro participante -en realidad un actor- y aplicar una descarga eléctrica cada vez que cometía un error. El panel frente a ellos tenía interruptores que iban desde los 15 hasta los 450 voltios, con advertencias cada vez más alarmantes: "descarga fuerte", "peligro", "XXX".

Las descargas no existían. Pero los gritos sí. Eran grabaciones que simulaban dolor creciente. El participante podía detenerse cuando quisiera. Sin embargo, cada vez que dudaba, el investigador -con su bata blanca y su autoridad científica- repetía frases breves: "continúe, por favor", "el experimento requiere que siga".

El resultado dejó al propio Milgram horrorizado: el 65% de las personas llegó hasta el máximo de 450 voltios. Es decir, la mayoría estuvo dispuesta a infligir un daño extremo a otro ser humano simplemente porque alguien con autoridad se lo pedía.

Desde entonces, ese experimento se volvió una referencia obligada para entender algo: la violencia no siempre nace del monstruo, sino de la obediencia.

Décadas después, esa pregunta vuelve a aparecer cada vez que el mundo conoce un caso de violencia colectiva.

Hace pocos días, en Río de Janeiro, un caso volvió a poner esa pregunta sobre la mesa. Una adolescente de 17 años fue invitada a la casa de un amigo de su exnovio. El encuentro parecía una oportunidad para conversar y, tal vez, intentar una reconciliación. Pero cuando llegó al lugar, la situación tomó otro rumbo. Según la denuncia, allí la esperaban varios jóvenes. Al menos cinco hombres -entre ellos un menor de edad- la golpearon y la violaron.

Lo que había sido presentado como un intento de diálogo terminó siendo una trampa.

No es un hecho aislado. En Francia, el juicio por el caso de Gisèle Pelicot estremeció al país cuando se supo que durante años decenas de hombres participaron en abusos organizados por su propio esposo, que la drogaba para que fuera violada. En España, el caso de La Manada marcó un punto de inflexión en el debate público. Y en América Latina la lista de violaciones grupales es tan larga como dolorosa.

Cada vez que ocurre, surge la misma pregunta: ¿cómo es posible que varias personas participen juntas en algo así?

La respuesta rara vez es simple. Pero los estudios en psicología social señalan un patrón inquietante: cuando la responsabilidad se diluye dentro de un grupo, las barreras morales se debilitan.

La filósofa Hannah Arendt lo llamó "la banalidad del mal" (ese concepto que afirma que personas capaces de cometer grandes males o atrocidades pueden ser gente "común") al analizar a Adolf Eichmann, uno de los organizadores del Holocausto. No encontró en él un monstruo excepcional, sino a un burócrata que obedecía órdenes dentro de una maquinaria.

El sociólogo Zygmunt Bauman también insistió en esta idea: muchas atrocidades modernas no se explican por una explosión irracional de violencia, sino por estructuras que distribuyen la responsabilidad entre muchos hasta que nadie parece sentirse culpable.

En los grupos de adolescentes esa dinámica puede amplificarse. La presión por pertenecer, el miedo a quedar fuera, la lógica de la masculinidad que premia la agresividad o la dominación pueden crear un consenso silencioso: nadie frena lo que está ocurriendo.

En ese sentido, algunas ficciones recientes lograron capturar esa lógica con una precisión inquietante. La serie chilena "La jauría" explora cómo un grupo de jóvenes organiza agresiones sexuales bajo la cobertura de una comunidad digital que celebra la violencia como si fuera un juego.

La metáfora es brutal pero precisa: una jauría.

Una jauría no funciona porque cada integrante sea necesariamente cruel. Funciona porque el grupo crea una dinámica en la que la responsabilidad se diluye, la empatía se suspende y la violencia se vuelve una forma de pertenencia.

Milgram demostró que una persona puede hacer daño si alguien con autoridad se lo ordena. Los casos de violencia colectiva muestran otra variante del mismo mecanismo: a veces no hace falta una autoridad formal; alcanza con la presión del grupo.

Nadie nace formando parte de una manada. Pero ciertas condiciones sociales -la cultura de la impunidad, el consumo de pornografía violenta, la deshumanización de las mujeres, la lógica de las redes donde todo se filma y se comparte- pueden construir ese consenso invisible que vuelve posible lo impensable.

Por eso, cada vez que se conoce un caso así, la pregunta no debería limitarse a quiénes fueron los culpables. ¿Qué hace que un grupo de personas comunes llegue a creer que lo que está haciendo está permitido? Y, sobre todo, qué estamos haciendo -o dejando de hacer- para que eso ocurra.

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