Mala praxis en Tucumán: el largo camino de la mamá de Matías Juárez para llevar a juicio a los médicos

Tras una década de "peregrinación" asfixiante por los tribunales tucumanos, María Luna relata el calvario que comenzó con una cirugía de amígdalas y terminó en una lucha feroz contra el olvido fiscal. Entre la memoria tatuada en la piel y el fuego de la protesta, la historia de Matías Juárez llega finalmente a las puertas de un juicio oral.

Entre bocinazos y una humedad sofocante, en la esquina de Salta y San Martín, me encontré con María Luna. La reconocí enseguida: vestía una musculosa negra y en su hombro izquierdo lucía el tatuaje con el rostro de su primer hijo, Matías Juárez. Entramos a un bar, pedimos dos cafés y comenzó su relato.

Mala praxis en Tucumán: el largo camino de la mamá de Matías Juárez para llevar a juicio a los médicos

María tenía 17 años cuando quedó embarazada. Estudiaba y trabajaba en un call center. El 23 de febrero de 2008 nació Matías en el Sanatorio CIMSA. "Íbamos creciendo juntos", repitió ella durante toda la entrevista. A los cuatro años, Mati ingresó al Liceo Militar Gregorio Aráoz de Lamadrid. Soñaba con la casa propia y con conocer el mar -sueño que cumplió en 2016-; era fan del rap y de Boca.

Desde los ocho años sufría anginas recurrentes. En la guardia del Sanatorio San Lucas solían medicarlo y enviarlo a casa, hasta que un hisopado de Streptococcus dio positivo. Fue entonces cuando le recomendaron al Dr. Álvaro Páez, quien indicó una cirugía de amígdalas: una intervención calificada como de "baja complejidad" que duraría apenas treinta minutos.

El 20 de octubre de 2016, con estudios prequirúrgicos normales, Matías ingresó al quirófano a las 12:30. Antes de entrar, sonriendo, le dijo por última vez: "Mamá, te amo".

El inicio del calvario

A los 31 minutos, la espera se volvió angustia. "Puede demorar", repetían desde adentro. A las 13:20, un grito desgarrador llegó desde los pasillos: "¡Mamá, ayudame!". Matías estaba helado, con los labios morados y sin poder abrir los ojos. La explicación oficial fue que hubo dificultades para suturar un punto.

El niño fue derivado a terapia intensiva con cuadros de sangrado. Los análisis posteriores arrojaron un marcado descenso de hemoglobina, indicador de una presunta pérdida masiva de sangre durante la cirugía. María sostiene que esos estudios nunca fueron comparados con los prequirúrgicos.

En medio de la desesperación, el Dr. Álvaro Páez les dijo una frase que quedaría marcada a fuego: "Esto es una situación que va más allá de la naturaleza". Según el relato de María, el médico incluso sacó su billetera e intentó darles dinero al ver que no tenían previsto pasar la noche en la clínica. La pareja lo rechazó de inmediato. "No nos insulte", le respondieron. Tras ese episodio, el cirujano dejó de ingresar al sanatorio por la puerta grande.

Cinco días después, una tomografía mostró que media masa cerebral estaba comprometida. Un neurólogo infantil confirmó el diagnóstico: un ACV isquémico con daño cerebral severo. El 25 de octubre, Matías hizo un paro. Ningún médico pudo mirar a la familia a los ojos. La melodía del "Soldado caído" marcó el adiós en el entierro del pequeño liceísta.

Laberinto judicial

La causa comenzó en 2016 con la fiscal María del Carmen Reuter, quien secuestró la historia clínica y promovió la elevación a juicio. El juez Francisco Pisa abrió el proceso, pero el camarista Eudoro Albo declaró la nulidad de las imputaciones contra las terapistas Florencia Jerez y Federica Castro, dejando como único imputado al Dr. Páez.

A partir de allí, el expediente entró en un laberinto de nombres: Reuter fue apartada, Carlos Sales pidió su inhibición y Adriana Gianonni dejó la causa. Finalmente, el caso cayó en manos de la fiscal Mariana Rivadeneira. María afirma que, durante un año y medio, la causa estuvo paralizada. Rivadeneira se negó a recibirla en múltiples ocasiones; en su lugar, una secretaria osó decirle: "Más allá de las medidas, tenés que seguir con tu vida. Sos joven".

La indignación estalló cuando la familia se enteró, mediante una notificación a las 5:30 de la mañana, que la fiscalía pedía el sobreseimiento de los médicos sin haberlos citado a declarar. "Me subestimaron por ser de bajos recursos", sentencia María.

El fuego de la protesta

María no se quedó callada. Cortó la avenida Sarmiento con neumáticos y un megáfono, exigiendo que la fiscal diera la cara. Ante la llegada de un camión hidrante para disuadir la protesta, ella se plantó: "Si intentan apagar el fuego, me tiro encima".

La presión social y el reclamo desesperado surtieron efecto: la Corte Suprema de Justicia de Tucumán apartó a Rivadeneira. El nuevo fiscal asignado, Ignacio López Bustos, tomó la causa e hizo en un mes lo que no se había hecho en años: citó a los médicos, imputó a los tres y solicitó nuevamente la elevación a juicio.

Hoy, el expediente aguarda fecha en el Juzgado Correccional Conclusional, en la sala del Dr. Dante Ibáñez, tras una suspensión el pasado 18 de febrero de 2026. María espera además los resultados de una junta médica de la UBA, solicitada por la querella con apoyo de la ONG Por la Salud y la Vida, con el fin de romper el histórico "corporativismo médico" de la provincia.

Antes de despedirse, María me miró con la entereza de quien protege a un hijo: "Ellos pensaban que me iban a poder callar. Yo seré de bajos recursos, pero la memoria de Matías no la voy a vender por nada".

Nos abrazamos en la misma esquina donde nos encontramos. Ella regresó a su lucha, agradecida por ponerle palabras a la historia de su hijo. Yo me alejé consciente de que la mirada pública es, muchas veces, la única garantía de que la justicia, finalmente, decida funcionar.


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