"Quedamos con lo puesto": el desolador regreso de un pueblo tucumano que volvió a quedar bajo el barro
Tras el descenso del río Marapa, los vecinos regresan a viviendas devastadas donde el lodo lo cubrió todo. Entre la desidia estatal y la violencia política, más de 3000 evacuados enfrentan el desafío de reconstruir sus vidas desde los escombros, mientras otras localidades del sudeste provincial permanecen aisladas.
LA MADRID.- Tras cinco noches de acampe a la vera de la ruta 157, el paisaje en esta localidad tucumana es desolador. Las calles, que volvieron a aparecer tras el descenso del río Marapa, parecen hoy un cementerio de restos: colchones empapados, electrodomésticos inservibles y muebles convertidos en leña por el barro. Para los más de 3000 evacuados, el desafío de volver a casa es, en realidad, el inicio de una nueva pesadilla.
"Seguimos en la ruta porque estamos tratando de limpiar y sacar todo lo que quedó destruido. No tenemos ayuda, quedamos con lo puesto", relata a Entrerate Noticias Bianca Suárez, vecina del lugar. Su madre perdió incluso las chapas del techo. Sin energía eléctrica y sin hornallas, ni siquiera pueden calentar agua para un té.
Un pueblo adaptado a la tragedia
La Madrid tiene una memoria triste: es la tercera vez que queda completamente bajo el agua (1992, 2017 y ahora). La resignación es tal que muchas viviendas ya cuentan con ganchos en los techos para colgar colchones y pertenencias, una precaria arquitectura de emergencia que esta vez no fue suficiente para frenar la fuerza del Marapa.
Tensión y asistencia
Mientras la SAT informó que se restableció el servicio de agua y el hospital local retomó su actividad, el clima social sigue caldeado. La zona fue escenario reciente del cabezazo de Marcelo "Pichón" Segura, empleado del ministro del Interior Darío Monteros, contra el diputado nacional Federico Pelli (La Libertad Avanza).
Pese a los esfuerzos oficiales de acondicionamiento urbano, el sudeste provincial sigue en alerta. Localidades como Santa Rosa de Leales, Villa Chicligasta y Niogasta permanecen aisladas, mientras cientos de familias se turnan en la banquina de la ruta para cargar sus celulares y mantener el único vínculo que les queda: la comunicación con el afuera.