Opinión

El femicidio que conmocionó Tucumán

A 20 años del crimen de género de Paulina Lebbos, el grito de un pueblo sostiene su nombre contra un estado provincial que sigue defendiendo a capa y espada al hijo del poder, Sergio Kaleñuk.

La plaza Independencia le hace frente al monstruo. Los árboles parecen escoltar a las mujeres con la cara de Paulina en el pecho desde aquel 2006. Las fotos de otras víctimas cruzan las divisiones políticas de un mapa cubierto de barro y se unen como un coro de memorias para exigir justicia por todas.

Mientras tanto, el gobernador de Tucumán, Osvaldo Jaldo, fiel servidor de Alperovich y de Edmundo Jimenez (el Ministro Público Fiscal que amenazó de muerte a una jueza al grito de "tortillera hija de puta te voy a meter una bala en la cabeza" por pedir sumario por el archivo y prescripción de 859 causas), se llena la boca exclamando que en la provincia no hay impunidad.

Así, las marionetas del violador condenado a 16 años de prisión, tejen las estrategias necesarias para asegurarse que los cuerpos de las mujeres tucumanas se vuelvan olvido.

Afuera, en las calles, entre humedad y calor, las colectivas feministas y familiares luchan con los brazos y el alma como arma, con la memoria que late cada día con más fuerza y una bronca que crece junto al dolor e impotencia.

Hace un mes, quien fue amiga de Paulina, Virginia Mercado, luego de infinidad de contradicciones en sus declaraciones y de haber sido denunciada por encubrimiento y falso testimonio, en un juicio abreviado (herramienta nefasta para negociar impunidad), admite haber mentido y encubierto, y queda en libertad. En esa audiencia ni el fiscal ni el juez le preguntan quién mató a Paulina Lebbos ni quién fue partícipe secundario o principal encubridor. Nadie, ni la plana mayor de la policía condenada, dijo la verdad. "El delito sigue impune porque siguen encubriendo al asesino y a Kaleñuk", relata Alberto Lebbos, papá de Paulina.

Veinte años. Bodas de Porcelana. Algo se rompe en el entramado macabro, el cerco mediático que sostiene el poder provincial tiene alambres sueltos: la tranquera cae al piso. Se levanta polvareda. Los artilugios del mal son una fractura expuesta a nivel nacional.

Metimos las narices en el corazón del poder judicial tucumano: adentro, la conspiración y el encubrimiento coquetean con dos armas letales para evadir delitos como el femicidio y violación: SOBRESEIMIENTO Y PRESCRIPCIÓN. Ambas figuras encuentran fisuras y atajos para acomodarse entre la letra muerta y salvar los pellejos manchados con la sangre de las nuestras.

"En la sentencia del 25 de febrero de 2019 condenaron a los jefes policiales y también se ordenó que se sustancien 26 expedientes penales a 40 personas, entre ellos José Alperovich, por los delitos de encubrimiento, abuso de autoridad, incumplimiento de los deberes de funcionario público, falso testimonio, pero los expedientes están totalmente paralizados por decisión del Jefe de los Ministros fiscales e íntimo amigo de Alperovich, Edmundo Jimenez. Esta gente forma parte de una estructura para encubrir a los asesinos de Paulina", cuenta Lebbos a Las12.

El primero en levantar la mano con la intención de darle a la propia justicia la estocada final es el Ministerio Público Fiscal, un clásico, llevando a un borde peligroso el código penal con tal de salvarle el pellejo al pichón de Alperovich, hijo de la mano derecha del entonces gobernador. Como un pentagrama con los acordes minuciosamente estudiados, Ministerio público fiscal y la defensa del hijo del poder, crean compases de ida y vuelta, de acompañamiento en los pedidos, burlando sin disimulo, la lucha incansable de un pueblo asqueado de oler las pieles muertas secadas al sol al costado de las rutas tucumanas.

La trampa asoma sus hilos con una de las armas antes mencionadas: la prescripción.

Patricio Char, abogado defensor de Sergio Kaleñuk, toma el guante que le ofrece generosamente el fiscal y exige a una corte funcional a la impunidad, la prescripción, para liberar de culpa y cargo a quien fue señalado desde el primer día junto a César Soto como responsables del femicidio de Lebbos.

Estos pasos de una comedia del horror muchas veces tiene a los mismos actores y el vínculo evidente entre ellos desdibuja los bordes imprescindibles para garantizar verdad y justicia.

Algunas preguntas flotan en el aire espeso que se respira en el jardín de la impunidad: ¿Hasta dónde está dispuesta a alejarse de la verdad y justicia la Corte Suprema tucumana? ¿Cuáles son los secretos mejor guardados en los pasillos donde conviven jueces, fiscales, abogados privados, parientes, amantes, víctimas y denunciados?

En la causa de Paulina Lebbos, con una alevosía que indigna, esperaron 20 años para conceder, como quien da una limosna sin ganas, la posibilidad de llevar a juicio a los dos acusados por Alberto Lebbos, quien acompañó con una amplitud probatoria impecable, su denuncia.

En el día del aniversario del femicidio que marcó a Tucumán, la corte rechazó el pedido de la defensa de Kaleñuk que pretendía la prescripción y los dos señalados por Alberto Lebbos irán a juicio a partir del 9 de marzo.

"No solo es el hijo del que era secretario privadísimo de Alperovich, era funcionario de alto rango de la Secretaría general de la provincia. Con Edmundo Jimenez eran de trato diario porque Jimenez era Ministro de gobierno y justicia de Alperovich.

Kaleñuk además era dirigente del Club Atlético Tucumán y César Soto era un peso pesado activo de la barra brava del club. La noche del femicidio de Paulina, Sergio Kaleñuk tiene 240 llamadas telefónicas al jefe de policía, al subjefe de policía, a su padre. El teléfono de Paulina no apareció pero la antena indica que estaba en la zona donde estaba Kaleñuk.

En bolsas, quemadas, quebradas, golpeadas, desnudas. Drogadas, violadas, tiradas, cortadas.

Putas, sumisas, madres, niñas, viejas, tortas, travas.

Mientras tanto, los vínculos de poder pasan de generación en generación como las malformaciones genéticas y enfermedades hereditarias.

"Yo digo que el Ministro Público Fiscal representa a los asesinos", dice Lebbos, quien está cansado y mayor. Paulina era mamá de una nena de 5 años que quedó a cargo de sus abuelos.

El femicida y la cadena de encubrimiento sostenida en estas dos décadas dejó marcas de dolor e indignación.

"Mi miedo es irme sin que se haga justicia".

Un mensaje de silenciamiento retumba en las paredes de cada edificio público. Mientras que el cartel con la foto de la joven asesinada se transformó en vestimenta y cobija de un padre devastado, los monstruos corporativos de los tres poderes del estado tucumano, con las manos manchadas con la sangre de Paulina y de tantas, izan la bandera de la impunidad.

Los huesos de Paulina laten con tanta fuerza que hacen temblar la tierra que la vio agonizar.

Mientras haya quienes resistan, la esperanza es necesaria: se va a caer. Por ella y por todas.

Autor: Carolina Fernández  para Página 12 

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