Opinión

El femicidio de Érika Antonella Álvarez: otra muerte evitable en Tucumán

Publicado originalmente en Página 12 | Columna de Carolina Fernández

Sosa, alias "El Militar", había conseguido, dentro del marco de la prisión preventiva, una prisión domiciliaria, sin embargo, en una jugada de esas que nos tiene acostumbradas el Ministerio Público Fiscal con el juez de turno, "el profesional de la violencia", como le decía a su ex mujer, quedó sobreseído.

Carlos Garmendia, reconocido abogado que aún sigue siendo el representante de la causa de Marita Verón, es quien acompaña como querellante a la familia de la víctima. Por momentos se mide en palabras y expresiones. Cuida cada detalle. Las hermanas de Érika Antonella escuchan la charla. En Tucumán da la sensación de que cada eslabón hacia la obtención de justicia tiene una soga al cuello, más larga o más corta. Más o menos evidente. Muy pocas personas hablan a calzón quitado. La charla con Garmendia tiene el movimiento pendular entre la sinceridad total y una moderación exasperante cuando de hablar del sistema judicial se trata.

"Anto era una chica que estaba en situación de consumo y eso la colocaba en una situación de vulnerabilidad. Esta situación ha hecho que se vincule con personas vinculadas al narcotráfico, entre estas Felipe Sosa", son las primeras palabras de Garmendia.

¿Cuándo vamos a dejar de hablar de las víctimas como si fueran las responsables de su propio femicidio? Hay una resistencia imposible para correr la calificación del hecho como femicidio que debería encender todas las alertas.

La falta de perspectiva de género en el abordaje de crímenes como el de Erika hace que se construya un relato recortado, aplanado, y, por supuesto, mucho más beneficioso para el femicida. Si hacemos una resta que evidencie el horror de la calificación pretendida por el Ministerio Público Fiscal y acompañada por la querella, la diferencia entre un HOMICIDIO SIMPLE Y UN FEMICIDIO SON NADA MÁS NI NADA MENOS QUE 27 AÑOS DE PRISIÓN.

"La desaparición de una mujer es la antesala de un femicidio. Otro elemento es el hallazgo del cuerpo con rasgos de una muerte cruenta. La crueldad característica de los femicidios no caracteriza a otros homicidios", evalúa Daniela Heim, abogada feminista.

A Érika la mataron a golpes, le desplazaron la mandíbula y tres vértebras. La tiraron, desnuda, atada y en bolsas de consorcio en un basural.

Garmendia sostiene y defiende la figura provisoria de homicidio simple: "Hoy no tenemos con claridad los elementos que nos lleven al tipo penal del femicidio. Al menos por ahora. No toda muerte de una mujer es femicidio", remata.

Desnuda, golpeada brutalmente, atada con sogas para ser llevada como mochila, envuelta en bolsas y arrojada a un basural.

"Ella iba a tener encuentros con Sosa, desde por lo menos dos años", continúa el Dr. Garmendia. La información de que Anto conocía a su pareja, Justina Gordillo, fue el disparador para llegar a un punto importante: "Anto había tenido encuentros sexuales entre los tres. Hacían tríos. Pero nunca ejerció la prostitución".

La libertad sexual es utilizada para tapar en este contexto la realidad irrefutable del rol de víctima de Anto antes de ser brutalmente asesinada. ¿Qué margen de decisión sobre su cuerpo tenía Anto, una chica atravesada por consumos problemáticos, en una situación económica humilde, que era convocada por un empresario ex militar y su pareja, funcionaria de la corte suprema de justicia al acceder a encuentros donde había mucha droga? La asimetría de poder es un papel invisible para quienes pretenden lavar la sangre de un crimen que comienza a gestarse con las situaciones abusivas previas.

Una vez más se deja fuera de juego el sometimiento evidente ejercido por su condición de adicta.

Si Justina Gordillo era parte de las "fiestas sexuales privadas" a las que concurría Anto, ¿dónde estaba en el momento del femicidio? ¿Felipe Sosa estaba solo cuando la mató?

¿Por qué la investigación no avanza sobre Justina Gordillo? Tal vez la respuesta llegue de la mano de su trabajo: Gordillo es empleada de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán.

Mientras los machos de siempre pisotean la calificación legal de femicidio y se llenan la boca hablando de justicia ostentando una deplorable carátula de Homicidio Simple, las mujeres que hoy buscan justicia para Érika Antonella, son dos de sus hermanas: Milena y Mayra de 19 años. Ellas sostienen como pueden a una madre arrasada por el dolor. Milena tiene dos hijos. Comienza la charla con fuerza, pero la imagen de Anto en la morgue es una bala psíquica que la desmorona. Llora sin parar, mientras describe con una ternura indescriptible, los sueños de su hermana muerta.

"Anto estudiaba enfermería con Mayra, pero el consumo la llevaba a no concentrarse. Ella quería salir adelante", cuenta Milena.

Poco a poco vamos conociendo a la Anto que nos importa. Esa chica que tenía mucha confianza con sus hermanas y su mamá, que comía todos los días en la casa materna. Que avisaba si no iba a ir.

"Ella tenía sus sandalias y su mejor ropa preparadas para ir a lo de Sosa. Era al único lugar que iba con su mejor ropita. Por eso cuando mi mamá entró a su habitación y vio que faltaba el cargador del teléfono y sus sandalias lindas, pidió que vayan a Yerba Buena a la casa del militar", continúa Milena.

"Mi mamá se desvivía por ella, le compraba la ropa, el celular, era su debilidad", dice Mayra.

"Siempre quisimos que salga de ese ambiente feo. Ella nos decía que tenía miedo, que sentía que la seguían, y nosotras no lo veíamos tan así, pensábamos que era por el consumo de ella. También iba a asados donde había gente poderosa y del narcotráfico, pero no se los presentaban así, después ella buscaba quiénes eran".

Las mujeres que velan por la memoria de Anto siguen, sin dormir, comiendo poco, de oficina en oficina, recorriendo el laberinto macabro de un poder judicial y sus aliados, sin saber demasiado de vericuetos legales, figuras tramposas y tiempos que son vitales en una investigación. Creyendo y confiando en la palabra más a mano, como sucede con el médico de la familia. Escuchando lo que pueden y eligiendo creer.

El 28 de enero se celebró una nueva audiencia solicitada por la defensa en la que se planteó el abordaje médico para Felipe Sosa.

Una vez más las alertas. ¿No será que la estrategia de la defensa con la palmadita disfrazada de ineficiencia de la fiscalía, es la de desterrar por cuestiones de adicciones la figura de femicidio? Es imposible en tierras justas, pero lamentablemente, a Erika, Felipe Sosa, aquel que obtuvo el sobreseimiento con características similares al sobreseimiento de los jugadores de fútbol por abuso sexual en pluralidad, le arranca la vida, en el jardín de la impunidad.

Si la justicia hubiese actuado en las denuncias previas por violencia, Érika estaría viva.

Entre tanta mugre y abuso de palabras, le pregunto al abogado querellante si confía en la justicia tucumana. Su respuesta me demuele: sí.

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