Morir por nada
La vida de Joaquín Ibarra se apagó a los 21 años. Sólo llevaba un pantaloncito en una bolsa de plástico. El caso conmovió a Tucumán y en cuestión de días se irradió a todo el país.
Un pantaloncito en una bolsa de plástico. Nada.
Cinco segundos.
BANG
El balazo es en la cabeza.
Se desploma Joaquin Rodrigo Ibarra y su vida de 21 años se le escapa, irremediablemente.
Llevamos cinco días mirando ese video, la mayoría de las veces sin querer, porque podemos fingir ceguera o sordera, pero por algún lado aparece. Y es tan veloz, tan inapelable, que ni siquiera da tiempo para ignorarlo.
En cierto modo, puede que funcione como un recordatorio digital. Un cachetazo cada vez que la memoria mira para otro lado.
Porque es un pantaloncito en una bolsa de plástico.
Es morir por nada.
La estadística y el relato pierden por nocaut cuando a Joaquín le explota el fogonazo criminal. A la familia Ibarra no hay power point que la convenza de que Tucumán es una provincia más segura. En este campo todos tienen nombre y apellido, víctimas y victimarios. Todos cargan sus historias. Los números (más o menos homicidios, más o menos robos, y así) no dejan de ser una abstracción, porque lo que cuentan son las personas. Cada una de ellas. Por ejemplo, un joven que llega de visita a la casa de un amigo con un pantaloncito en una bolsa de plástico y, en cuestión de segundos, termina muerto por nada.
Cuentan que el Gobernador se preocupa por infinidad de cuestiones. Lógico, es su trabajo. Pero cuentan también que su obsesión, eso que en su fuero íntimo está por encima de cualquier otra cuestión de Estado, es la seguridad. Por eso festeja públicamente como un gol cada secuestro de un cargamento de drogas. Lo bien que hace. El crimen de Joaquín, todo lo que rodea el caso, debe haberle caído con la potencia de una tormenta caribeña. En los próximos días regresará de sus vacaciones, se descuenta que ansioso por escuchar cara a cara las explicaciones de su equipo. Si Osvaldo Jaldo esperaba un enero en paz, la realidad se empecinó en robarle ese anhelo.
Del femicidio de Erika Antonella Álvarez no hay video, pero sí evidencias. Macabras, espantosas: su cuerpo envuelto en una bolsa, arrojado en un descampado de Manantial Sur. La investigación marcha amparada por un llamativo silencio. La familia de Erika aportó datos, nombres, movimientos, contactos. Hay algo demasiado oscuro, demasiado pesado detrás de este caso. Por sus costuras se filtra ese Tucumán que pretende ser oculto, turbio y desquiciado, pero que en realidad está ahí, a la vista de todos. La cuestión es querer mirarlo.
En cambio, el crimen de Joaquín se resolvió en cuestión de minutos. Al video de dominio público lo vio la Policía y de inmediato sacó la ficha de quienes iban a bordo de la moto. Dos adolescentes, 17 y 16 años. Los localizaron, los capturaron y los llevaron ante el juez Federico Moeykens, quien los mandó al Roca. Sería el más chico el que gatilló. Los nombres se mantienen en reserva porque así lo indica la ley. 17 y 16 años, presuntos asesinos hasta que la sentencia quede firmada. Estaremos acostumbrados, lo habremos visto infinidad de veces, pero jamás dejará de ser un espanto. 17 y 16 años.
Viene entonces el capítulo del lugar común. Lo dijo el taxista esta mañana. La juventud está perdida. No hay futuro.
Repasemos entonces. La juventud no es una categoría fija, no hay un molde uniforme. Los jóvenes no "son"; los jóvenes "están siendo". Se construyen en tiempo real, en diálogo permanente con un contexto social, económico, cultural y tecnológico que cambia a una velocidad inédita. Pensar a la juventud como un estado acabado, homogéneo y previsible es un error frecuente y, sobre todo, injusto. Además, no hay una sola juventud, sino muchas juventudes, atravesadas por intereses, lenguajes, expectativas y oportunidades profundamente distintas. Y aún así persiste la tendencia a observar a los jóvenes desde la desconfianza o el prejuicio. Se los acusa de banales, frívolos, apáticos o irremediablemente atrapados por las pantallas. Esa mirada, además de simplificadora, desconoce que cada generación se expresa con las herramientas de su tiempo. Lo que para algunos adultos es dispersión, para otros puede ser una forma distinta de socialización, de aprendizaje o incluso de militancia cultural y política.
Entonces estigmatizar a los jóvenes a partir de generalizaciones empobrece el debate público y clausura la posibilidad de comprenderlos. La juventud no es un problema a corregir, sino un proceso en movimiento que interpela a la sociedad en su conjunto.
LA GACETA contó la historia de principio a fin: el balazo criminal, la pesquisa, la captura de los acusados, su derivación al instituto de menores. Aceptó la necesidad de mostrar el video, con las precauciones del caso en LG Play. Dos días después medios nacionales se hicieron eco, desplegaron el caso, lo amplificaron. Y se preguntaron, ¿qué pasa en Tucumán?. Siempre la mirada externa incomoda, sobre todo en ciertos círculos. Por ejemplo, en el seno del Gobierno, cuando la pretensión es que se hable de la provincia por las bellezas del verano en los Valles Calchaquíes y no por el episodio registrado en un lugar llamado Alderetes, donde a Joaquín Ibarra lo mataron por un pantaloncito guardado en una bolsa de plástico. Sencillamente, porque no hay explicación. Hasta ahí llega el discurso del poder, por más bien elaborado que esté.
Roque Yñigo, subjefe de Policía, reveló a LA GACETA que los acusados estaban siendo investigados. Habrían formado parte de un grupito -que ni llega al calificativo de banda- dedicado al robo de motos. Estaban marcados, se sabía quiénes eran, por dónde se movían. Como ellos, en el Gran San Miguel de Tucumán hay cientos. La prevención se dificulta entonces, pero es el único camino. Si a estos adolescentes se los hubiera atajado a tiempo, Joaquín Ibarra estaría vivo.
Posteos deseando la muerte del prójimo ya quedaron naturalizados, se los tipea como quien ve llover. La violencia nos consume, es un bombardeo desde todos los ángulos. A veces, de tanto padecer la sensación de que no hay escapatoria, la tentación de bajar los brazos se hace casi irresistible. Pero eso sí que sería imperdonable.
Un pantaloncito en una bolsa de plástico.
BANG.
Una vez, no hizo falta más.
Un joven que tiene los brazos abiertos, como en cruz, y de inmediato sangra en el suelo.
La vida se le escapa a Joaquín Ibarra, su potencial futuro se difumina. Se extingue.
Murió por nada.
NOTA DE LA GACETA DE Guillermo Monti