El día que la Casa Histórica se volvió patria: la independencia, un acto de coraje en medio del caos
Fue sede militar, luego sala de sesiones y hoy símbolo de la Nación. La Casa Histórica guarda secretos de 1816, cuando diputados desafiaron al imperio español y declararon la independencia en medio de guerras, presiones políticas y el misterio aún vigente del acta original.
La Casa Histórica, ubicada en la actual calle Congreso, fue testigo de uno de los momentos más trascendentales del país. Pero antes de convertirse en símbolo patrio, fue el hogar de doña Francisca Bazán de Laguna, una mujer tucumana que recibió la casona como dote de casamiento en 1760. Su familia cedió el lugar al gobierno durante las guerras por la independencia: allí funcionaron un cuartel, un almacén de guerra y una aduana.
Luego, esa misma vivienda fue elegida para recibir a los diputados que redactarían y proclamarían la independencia. Hubo que demoler paredes, reacondicionar salones y hasta instalar letrinas. En febrero de 1816, todo se puso en marcha para que Tucumán se convirtiera en el epicentro del Congreso más importante de la historia argentina.
Un país al borde del abismo
Cuando comenzó a sesionar el Congreso, el panorama era desolador: el Alto Perú estaba perdido, Buenos Aires era repudiada por el interior, las provincias estaban divididas y un ejército español avanzaba desde el norte. Mientras tanto, Martín Miguel de Güemes resistía en Salta, y José de San Martín pedía declarar la independencia cuanto antes para poder cruzar los Andes con legitimidad política.
En ese contexto, el 9 de julio de 1816, a las 15 h, los diputados firmaron la ruptura formal con la monarquía española en la Casa Histórica de Tucumán. Presidiendo la sesión estaba el sanjuanino Francisco Laprida.
El proyecto de Belgrano: una monarquía inca
Manuel Belgrano sorprendió al Congreso con una propuesta inesperada: instaurar una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los incas. El objetivo era político: sumar a los pueblos originarios del norte y debilitar al ejército español, que contaba con tropas indígenas reclutadas a la fuerza.
La idea fue bien recibida en un principio, y se tradujo en una decisión inédita: imprimir 500 copias del acta en quechua y otras tantas en aimara para distribuirlas en las regiones andinas.
Un acta perdida y una historia inconclusa
A pesar de su valor simbólico y político, el acta original de la independencia está desaparecida. Fue redactada el 8 de julio y aprobada el día siguiente, pero nunca más se supo de ella. Se imprimieron miles de copias, pero el documento físico original se perdió en el camino, posiblemente en el traslado a Buenos Aires o durante las décadas siguientes.
Muchos historiadores apuntan que su desaparición fue parte del olvido institucional que también cayó sobre otros aspectos claves: la forma de gobierno, la constitución, el reparto de tierras y la organización del país.
La reconstrucción de un ícono nacional
Después de que el Congreso se trasladara a Buenos Aires en 1817, la casa fue reocupada por la familia Laguna. Con el tiempo, el edificio cayó en ruinas. En 1869 se tomaron fotos para alertar al Estado de su deterioro, pero no fue hasta la presidencia de Nicolás Avellaneda que se adquirió formalmente el inmueble. Décadas después, el arquitecto Mario Buschiazzo la reconstruyó basándose en fotos antiguas, planos y materiales originales. En 1943, fue reinaugurada como lo que hoy todos conocen: la Casa Histórica de la Independencia.
Más que un museo, un símbolo
La Casa Histórica no solo es un monumento: es el corazón de una historia marcada por el coraje, la división, los ideales y también las deudas pendientes de una patria en construcción. Y a más de dos siglos, aún hay misterios -como el acta perdida- que nos recuerdan que la historia, como la libertad, siempre está en movimiento.