Política

Bajá un cambio, Javier

Han pasado 60 días desde que Javier Gerardo Milei, economista de profesión, outsider político, liberal libertario, cultor del pragmatismo bilardista basado en resultados y ferviente creyente del éxito como criterio de distinción entre la genialidad y la locura, inició su mandato presidencial.

Surgido como el tercero en discordia entre la maltrecha coalición peronista (escindida internamente y augurando una dura derrota electoral) y la engreída coalición cambiemita (confiada en un triunfo inevitable y repartiéndose secretarías y ministerios en los medios de comunicación), supo capitalizar la necesidad del cambio, el hartazgo social y la crisis de representatividad de los partidos tradicionales.

Supo imponerle a sus adversarios no solo la agenda de discusión pública, poniendo sobre la mesa temáticas que habían sido, hasta su irrupción en la arena política, tabúes para toda la clase política, sino que, además, impuso nuevas formas, cargadas de la inevitable urgencia de transformaciones radicales, de la apremiante falta de tiempo, de la refundación de una argentina que perdió su rumbo a principios del siglo pasado. Pero por sobre todas las cosas, suplantó la grieta, ahora los argentinos no nos dividimos entre kirchneristas y antikirchneristas, ahora nos dividimos entre los argentinos de bien, y la casta.

El nuevo presidente llegó al sillón de Rivadavia rodeado de un pequeño núcleo de colaboradores de escasa o nula experiencia en la gestión pública con la salvedad de tres nombres que, durante estos primeros 60 días, se volvieron cruciales para el naciente gobierno: Nicolás "Toto" Caputo, Guilermo Francos y Patricia Bulrich, ministro de Economía, del Interior y de Seguridad, respectivamente. Para sumarle mayor complejidad, el nuevo presidente hizo pie en Casa Rosada con apenas 38 diputados y 7 senadores que lo representen en el Congreso de la Nación, una posición de virtual incapacidad para motorizar iniciativa alguna en ambas cámaras.

No obstante, frente a él, Unión por la Patria y Juntos por el Cambio llegaron al 10 de diciembre escindidos internamente y carentes de una clara conducción política que ordenara a los integrantes de las coaliciones producto, en ambos casos, de la derrota electoral, lo que le permitió al titular del ejecutivo nacional evitar conformar una coalición de gobierno que incluyera, no solamente a los miembros del PRO (ideológicamente más cercanos a los postulados de LLA), sino también de la UCR y del "Peronismo Federal o Republicano".

Desde entonces, y envalentonado por la fragmentación del arco político, el abultado resultado electoral obtenido en segunda vuelta, la imperante necesidad de transformaciones y la permanente sensación de urgencia que se impuso en la lógica cotidiana, Javier se ha llevado puesta a la política tal y como la conocíamos.

En 60 días, el presidente de la nación generó un DNU del tamaño de una enciclopedia y un proyecto de ley de proporciones bíblicas. Logró que la Corte Suprema de Justicia de la Nación le anulara capítulos completos al decreto inaugural de su gestión y que, la Justicia Federal hiciera lo propio con artículos a lo largo y ancho del instrumento.

Además, batió un récord de la CGT consumando el paro general más anunciado y precoz de la historia institucional de la Central Obrera y, como si fuera poco, logró que, cacerola en mano, parte de la sociedad a lo largo y ancho del país saliera a las calles a manifestarse en contra de las medidas que impulsó.

En otro orden de cosas, se puso en contra, individualmente y en bloque, a los gobernadores de los 24 distritos, indistintamente de su identificación partidaria. Con Javier, tuvimos en un mismo frente a gobernadores radicales, peronistas y del PRO. Además, logró desautorizar constantemente las negociaciones entre su ministro del interior y los mandatarios provinciales y, dentro del congreso, detonar los puentes entre sus interlocutores y los bloques de diputados de cara a la -hoy ya frustrada- sanción de la Ley Bases.

Finalmente, logró tensionar las relaciones internacionales con dos de los principales socios comerciales de la República Argentina (Brasil y China) en un escenario en el que, de cara a una cosecha promisoria, se busca lograr el superávit comercial del país como complemento del superávit fiscal, principal objetivo político y económico del gobierno.

A todo esto y más, hemos asistido durante los primeros 60 días de un gobierno que rinde culto a la más pura identidad menemista, que hace gala de los modos y formas del kirchnerismo y que, como frutilla del postre, tiene ante sí una fragmentación política que es propia de los primeros años de la década del 2000.

Para muestra basta un botón, diría mi abuela, pero una golondrina no hace verano, contestaría mi abuelo. Lo que sabemos, en definitiva, es que sólo han pasado 60 días del nuevo gobierno.

Por 

Patricio AdornoPolitólogo y Docente UniversitarioSocio Consultor en Meraki CP  
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